Reflexión: responsabilidad política y moral
Una reflexión sobre corresponsabilidad democrática, memoria y límites.
Conviene detenerse un momento y romper un marco que resulta cómodo para muchos:
señalar a Pedro Sánchez como único culpable.
No porque no tenga responsabilidad —la tiene, y enorme— sino porque
reducirlo todo a una sola persona es una forma de absolver al resto.
La política no funciona en el vacío. Un presidente no gobierna solo. Gobierna sostenido por un partido,
por una militancia organizada y por millones de votantes que, elección tras elección,
legitiman con su apoyo un rumbo concreto. Cuando ese rumbo implica pactos con quienes nunca han
condenado con claridad el terrorismo, cuando se tolera el blanqueamiento del pasado y se desprecia el dolor
de las víctimas, la responsabilidad deja de ser individual y pasa a ser colectiva.
¿ETA no existe como banda armada?
ETA anunció su disolución formal en 2018. Pero también lo es que
la disolución no equivale a absolución, ni borra el daño causado ni convierte automáticamente en
demócratas ejemplares a quienes formaron parte de su entorno político o justificaron su violencia.
El problema no es jurídico; es moral y político.
Lo que hoy se denuncia no es una bomba ni un tiro. Es algo más sutil y, por eso mismo, más peligroso:
la normalización progresiva, la rebaja del reproche público, el silencio cómplice ante decisiones
que afectan directamente a la memoria de las víctimas. Cuando se acepta que todo esto es “el precio de gobernar”,
se abre la puerta a que mañana se pida más. Y la historia enseña que
quien cede sin límites acaba perdiendo la capacidad de ponerlos.
Por eso es un error señalar únicamente a Pedro Sánchez. Él ejecuta una estrategia, sí. Pero esa estrategia
existe porque PSOE la respalda, la defiende y la justifica. Y porque hay militantes que la aplauden y votantes
que la refrendan en las urnas, aun sabiendo —o pudiendo saber— lo que implica.
Aquí no se habla de culpas penales, sino de responsabilidad política y moral. Nadie obliga a militar, nadie
obliga a votar, nadie obliga a callar. Cuando se elige hacerlo, también se asume una parte del resultado.
Mirar hacia otro lado no exime; normaliza.
Y hay otra pregunta que el lector debe hacerse, sin consignas ni siglas: si hoy esto ocurre con el PSOE en el
Gobierno, ¿qué ocurrirá mañana con el PP si recibe el escenario ya blanqueado?
¿Habrá voluntad real de revertirlo o se aceptará como herencia inevitable, como un “hecho consumado”
imposible de corregir?
Algunos prefieren no hacerse estas preguntas. Otros, como VOX, las formulan abiertamente y señalan que el
problema no es solo quién gobierna, sino el sistema de silencios, cesiones y excusas que permite que estas
cosas sucedan.
ETA y la responsabilidad democrática: pensar, exigir y no mirar hacia otro lado
Esta reflexión no pretende decirte qué pensar ni sustituir tu criterio por una consigna. Pretende algo mucho más incómodo y necesario: que pienses por ti mismo, que te detengas a analizar lo que ocurre y que no aceptes explicaciones prefabricadas. Que seas capaz de señalar responsabilidades sin que nadie te las dicte, sin miedo y sin delegar tu juicio en siglas, líderes o eslóganes. Porque en democracia, el poder no solo corrompe a quien gobierna; también se degrada cuando quienes lo sostienen callan, justifican o miran hacia otro lado. El silencio, la costumbre y la obediencia acrítica acaban convirtiéndose en una forma de complicidad. Exigir límites, memoria y rendición de cuentas no es radicalismo: es una obligación cívica. Cuando una sociedad renuncia a pensar y a exigir, el problema ya no es solo de quien manda, sino de todos los que permiten que siga mandando sin frenos.
Porque cuando se hiere la memoria de las víctimas, no se daña un relato político.
Se daña la dignidad de toda una sociedad.